4.26.2014

El día que pinté a "El Gauchito Antonio Gil"

1.20metros x 0.90 metros aproximadamente, lije la chapa, fondo rojo antioxidante, luego aplique dos manos de esmalte sintético blanco a rodillo.
El primer día me dediqué sólo al bosquejo, eso implica buscar y elegir la imagen, luego que logré el bosquejo en la chapa comencé a pintarlo, la técnica que usé fue aerografia, y aplique un poco de pincel en ciertas zonas.
Sentí que era un trabajo especial.
Esto me ha pasado ya con varias imágenes religiosas que he hecho, su realización va acompañada de un sentimiento raro, pero es una conexión directa, es como cargándolo con un poco de energía. Todos saben que no soy un creyente directo, pero sí creo en las energías, y sí creo que cualquier persona con fe en lo que sea puede lograr lo que sea.
Lo sorprendente de este trabajo.
Voy a contar a modo de anécdota y cada cuál saca sus conclusiones y sí se anima me deja un comentario, los que me conocen saben que no invento este tipo de cosas y esta no es la excepción.
Cuando presento el cuadro para tomarle fotos, coloco cuidadosamente mi obra final contra una pared blanca, me estuve tomando fotos con la obra porque siempre dejó un registro un poco a modo de firma. Lo cierto es que el perro de la familia andaba suelto, incluso en ese momento andaba en la vuelta. Yo entré con la cámara a pasar las fotos para la computadora y apreciarlas mejor y escucho que el perro comienza a ladrarle a una persona (el dueño aprende cuando su mascota ladra por ladrar y cuando ladra a alguien) salimos todos a ver de qué se trataba y sí, el perro le estaba ladrando al cuadro, a la figura, a la inmensa presencia del Gauchito Antonio Gil.
Y ahí terminé de convencerme que mi trabajo estaba completo.
Presencia.


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